Drama en París!
Drama en París!
January 09, 2015 0 Comments

Nada parece improvisado. Ni los ataques de los terroristas ni las medidas que el gobierno francés y la Unión Europea toman contra los ataques sangrientos. Desde el 11-S se han fortalecido tanto los terroristas como los cuerpos de seguridad que los combaten. Pero, ¿qué amenaza más a las personas en estas ciudades y países? O ¿por qué la seguridad se ha vuelto un postulado de primera línea en las sociedades contemporáneas?

Lo sucedido en París es escalofriante. Ahora estamos en el centro de la amenaza. Un personaje solitario puede acabar con nosotros en una calle o el autobús. Si no nos alcanza en un restaurante puede atentar contra nuestra familia en el parque de un barrio. París es Bogotá, Tokio, Nueva York; puede ser en sentido figurado una metáfora de cualquier lugar.

París no es Londres, cierto, pero con los terroristas que atacaron en París regresan los personajes de Conrad en la antigua ciudad de Londres. En El agente secreto, Conrad describe a un profesor que merodea por las calles con la mano en el bolsillo apretando una pelota de goma, el detonador de una bomba suicida: "Camina frágil, insignificante, andrajoso, abyecto y terrible en la simplicidad de su idea, llamando a la locura y a la regeneración del mundo. Nadie lo miraba. Pasaba insospechado y letal, como una plaga en la calle llena de hombres".

O en la prosa menos memorable del presidente de la seguridad democrática: "Todos los habitantes del mundo debemos repudiar esta venenosa mancha sobre la humanidad". FranÇois Hollande ha declarado una guerra a muerte contra las bandas terroristas. Y recordamos que Bush hace doce años empleaba la capacidad de orden bélico de la primera potencia contra las "huestes del mal".

Una sombra tenebrosa recorre a la opinión pública mundial. El peligro y el riesgo subyacen juntos contra cada persona; y los medios de comunicación contribuyen a magnificarlos. ¿No tienen efectos grandilocuentes las repetidas imágenes de los terroristas rematando al policía mientras éste suplica desde el piso? Frente el daño causado la reacción es la sed de venganza universal. Sin embargo, lo que provoca una equivalencia entre fuerzas enemigas termina arrastrando consigo una más grave amenaza contra todos los demás.

Naturalmente, los horrores en París, como hace más de una década en Londres, Madrid y Nueva York no han sido juegos pirotécnicos de celebración, ni espectáculos de entretenimiento. Las nuevas tecnologías han facilitado al terrorista oportunidades extraordinarias para hacer llegar el mal hasta la intimidad. Al personaje central de Conrad le mortificaba el pensamiento de que transcurrirían veinte segundos completos entre el momento en que estrujara la pelota de goma y la explosión de la bomba.

En realidad, a los terroristas poco les interesa que sus acciones se lleven a unas cuantas personas. Les interesa también la cantidad aritmética. Hace una década no hubo tal problema en la estación de Atocha en Madrid: 190 muertos y 1.400 heridos. De un solo golpe, 1.590 inocentes.

Una de las razones para que Francia señale enfáticamente a los radicales islámicos como responsables de la masacre en París es la premisa de una guerra convencional que ofrece razonables probabilidades de triunfo. Pero todos deberíamos recordar que con las guerras en Irak y Afganistán quedó demostrado que se trató de una premisa muy débil.

Cuando Bush gobernaba en el mundo el presidente Uribe decía que debíamos librar una guerra de dos frentes en uno: contra las FARC y contra el terrorismo internacional. Según esta dirección bifronte, la cabeza del monstruo estaba definida. El problema es que la cabeza del terrorismo que atacó al semanario en París, su cúpula, se ha hecho "invisible".

El caso es que la guerra contra el terrorismo no se puede ganar si seguimos haciendo caso omiso de sus causas subyacentes. Para no perdernos en cosas del lenguaje: "terrorismo" y "violencia" hacen parte del mismo punto en la red. La tarea es buscar soluciones a los crecientes resentimientos. La firmeza para atacar a los autores del atentado debe ser análoga a la política de consenso para resolver problemas de odio arraigado.

Siendo, como parece, que los atentados en París provienen de grupos extremos del estado islámico, ¿cómo reaccionar con instrumentos que no provoquen mayores desastres humanitarios?

Aunque se expurgaran los países de su reproducción, siempre habrá personajes solitarios violentos, incapaces de tolerar la vida en un mundo pacífico. Por esto los gobernantes hablan de ser duros contra el terrorismo. Y tienen razón, pero la razón no es todo.

¿Cómo ser duros contra un enemigo invisible? Es una pregunta de la que se deben separar respuestas fáciles.

Con los medios económicos bajo su disposición y las tecnologías de información, las células terroristas están cerca y están lejos. Al mismo tiempo. A pesar que tengamos mayor inversión en inteligencia encubierta y un sofisticado despliegue de fuerzas policiales y militares.

Hoy las ciudades se protegen con cámaras ocultas para detectar a los delincuentes, cientos de ojos electrónicos y policías vigilando. La crisis de seguridad ciudadana se interpreta como una crisis de identidad. El denominado estado islámico es la expresión de múltiples identidades dentro de una crisis. Sus células tienen la capacidad de coordinar acciones como la de ayer con la masacre de periodistas en Charlie Hebdo.

Hace una década, Aznar exaltaba el papel de la inteligencia en las guerras. Al gobierno Bush se le pasó cuenta de cobro política por los gastos en defensa. Todo un fracaso en estrategia militar y justicia humanitaria. Uribe afirmaba en ese momento la necesidad de unir fuerza e inteligencia contra el terrorismo. Pero pensaba en su enemigo interno. Tony Blair favorecía las ventajas de una inteligencia transatlántica después del 11-S.

Con la masacre en París, la pregunta resurge de nuevo: ¿cuánta vigilancia se necesita para contener la amenaza de las células terroristas relacionadas con el estado islámico?

Aquí reaparece el personaje del relato de Conrad. Unos pocos individuos bastan para hacer explotar a cientos, y muchos para frenar su peligrosa presencia. Por esto la tendencia a privilegiar un estado con rostro de Leviatán, justificado para ejercer su tiranía por la barbarie potencial del enemigo terrorista.

En otra perspectiva, lo que experimenta el mundo es aquello que en 1984 Orwell describe con tanta maestría. La venganza de los resentidos encarnada por un estado que despliega toda su tecnología para escuchar cualquier rumor de ataque. Entonces los gobiernos se convierten en los nuevos espías de los ciudadanos. Por muy absurdo que parezca, en el caso colombiano, este modelo se implementó con el gobierno de Uribe, mediante proyectos de ley aprobados, como el estatuto antiterrorista o la ley de empadronamiento.

En circunstancias tan difíciles cuesta trabajo mantener el equilibrio filosófico. Ya sabemos. Y es una inclinación apabullante de las grandes cadenas de los medios poner a decir a la gente lo que quieren que la gente diga: seguridad, seguridad, seguridad. Pero siempre podemos dudar que sea la única salida. ¿Cómo mantener en su justa proporción la libertad de blasfemar y el riesgo de exponer a la muerte a los ciudadanos?

La mejor resistencia que se puede ofrecer a los agentes de la no libertad es seguir teniendo sociedades libres, abiertas, deliberantes. Ni siquiera cuerpos secretos encubiertos que asalten la privacidad en nombre de la lucha contra el terrorismo podrían impedir que esas redes tenebrosas atacaran de nuevo. Ni tampoco podrán eliminar el riesgo del atacante solitario.

Las milicias extremistas del estado islámico actúan en red. Algunos especulan después del acto terrorista en París. Las marchas de cientos y miles de franceses y europeos son un respaldo a sus gobernantes, su Constitución y sus libertades. La firmeza contra quienes desprecian la vida de sus semejantes es contundente.

Pero también parece cierto, sin ceder a la complacencia, que el peligro real que representa el terrorismo internacional para la mayoría es todavía relativamente pequeño. Se presagian acciones semejantes a París durante los próximos meses.

Hacer una elección siempre demanda comprometer los costos del riesgo. Más seguridad por menos libertad. En este caso el desequilibrio es evidente. Si la equivocación va con los gobiernos, sacrificamos demasiada seguridad a cambio de poca libertad. Veámoslo desde otro ángulo. Si le dan a escoger la probabilidad de uno en diez mil de ser rematado en el piso por un terrorista; o una probabilidad de uno en diez de que sus documentos de identidad sean leídos por un miembro de organismos de seguridad del estado, ¿qué escogería?

Fuente: Palmiguía

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